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domingo, 2 de octubre de 2011

SEVILLANO - Oliverio Girondo

En el atrio: una reunión de ciegos auténticos, hasta con placa, una jauría de chicuelos, que ladra por una perra.

La iglesia se refrigera para que no se le derritan los ojos y los brazos... de los exvotos.

Bajo sus mantos rígidos, las vírgenes enjugan lágrimas de rubí. Algunas tienen cabelleras de cola de caballo. Otras usan de alfiletero el corazón.

Un cencerro de llaves impregna la penumbra de un pesado olor a sacristía. Al persignarse revive en una vieja un ancestral orangután.

Y mientras, frente al altar mayor, a las mujeres se les licua el sexo contemplando un crucifijo que sangra por sus sesenta y seis costillas, el cura mastica una plegaria como un pedazo de "chewing gum".



Sevilla, abril, 1920

PLAZA - Oliverio Girondo

Los árboles filtran un ruido de ciudad.

Caminos que se enrojecen al abrazar la rechonchez de los parterres. Idilios que explican cualquiera negligencia culinaria. Hombres anestesiado de sol, que no se sabe si se han muerto.

La vida aquí es urbana y simple.

Sólo la complican:

Uno de esos hombres con bigotes de muñeco de cera, que enloquecen a las amas de cría y les ordeñan todo lo que han ganado con sus ubres.

El guardián con su bomba, que es un "Manneken-Pis".

Una señora que hace gestos de semáforo a un vigilante, al sentir que sus mellizos se están estrangulando en su barriga.




Buenos Aires, diciembre, 1920

PEDESTRE - Oliverio Girondo

En el fondo de la calle, un edificio público aspira el mal olor de la ciudad.

Las sombras se quiebran el espinazo en los umbrales, se acuestan para fornicar en la vereda.

Con un brazo prendido en la pared, un farol apagado tiene la visión convexa de la gente que pasa en automóvil.

Las miradas de los transeúntes ensucian las cosas que se exhiben en los escaparates, adelgazan las piernas que cuelgan bajo las capotas de las victorias.

Junto al cordón de la vereda un quiosco acaba de tragarse una mujer.
Pasa: una inglesa idéntica a un farol. Un tranvía que es un colegio sobre ruedas. Un perro fracasado, con ojos de prostituta que nos da vergüenza mirarlo y dejarlo pasar(5).


De repente: el vigilante de la esquina detiene de un golpe de batuta todos los estremecimientos de la ciudad, para que se oiga en un solo susurro, el susurro de todos los senos al rozarse.


Buenos Aires, agosto, 1920


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5 Los perros fracasados han perdido a su dueño por levantar la pata como una mandolina, el pellejo les ha quedado demasiado grande, tienen una voz afónica, de alcoholista, y son capaces de estirarse en un umbral, para que los barran junto con la basura.

FIESTA EN DAKAR - Oliverio Girondo

La calle pasa con olor a desierto, entre un friso de negros sentados sobre el cordón de la vereda.

Frente al Palacio de la Gobernación:
¡CALOR! ¡CALOR!
Europeos que usan una escupidera en la cabeza.
Negros estilizados con ademanes de sultán.

El candombe les bate las ubres a las mujeres para que al pasar, el ministro les ordeñe una taza de chocolate.

¡Plantas callicidas! Negras vestidas de papagayo, con sus crías en uno de los pliegues de la falda. Palmeras, que de noche se estiran para sacarle a las estrellas el polvo que se les ha entrado en la pupila.

¡Habrá cohetes! ¡Cañonazos! Un nuevo impuesto a los nativos. Discursos en cuatro mil lenguas oscuras.

Y de noche:
¡ILUMINACIÓN!
a cargo de las constelaciones.

EXVOTO - Oliverio Girondo

A las chicas de Flores

Las chicas de Flores, tienen los ojos dulces, como las almendras azucaradas de la Confitería del Molino, y usan moños de seda que les liban las nalgas en un aleteo de mariposa.

Las chicas de Flores, se pasean tomadas de los brazos, para transmitirse sus estremecimientos, y si alguien las mira en las pupilas, aprietan las piernas, de miedo de que el sexo se les caiga en la vereda.

Al atardecer, todas ellas cuelgan sus pechos sin madurar del ramaje de hierro de los balcones, para que sus vestidos se empurpuren al sentirlas desnudas, y de noche, a remolque de sus mamas -empavesadas como fragatas- van a pasearse por la plaza, para que los hombres les eyaculen palabras al oído, y sus pezones fosforescentes se enciendan y se apaguen como luciérnagas.

Las chicas de Flores, viven en la angustia de que las nalgas se les pudran, como manzanas que se han dejado pasar, y el deseo de los hombres las sofoca tanto, que a veces quisieran desembarazarse de él como de un corsé. ya que no tienen el coraje de cortarse el cuerpo de pedacitos y arrojárselo, a todos los que les pasan la vereda.



Buenos Aires, octubre, 1920

APUNTE CALLEJERO - Oliverio Girondo

En la terraza de un café hay una familia gris. Pasan unos senos bizcos buscando una sonrisa sobre las mesas. El ruido de los automóviles destiñe las hojas de los árboles. En un quinto piso, alguien se crucifica al abrir de par en par una ventana.

Pienso en dónde guardaré los quioscos, los faroles, los transeúntes, que se me entran por las pupilas. Me siento tan lleno que tengo miedo de estallar... Necesitaré dejar algún lastre sobre la vereda...

Al llegar a una esquina, mi sombra se separa de mí, y de pronto, se arroja entre las ruedas de un tranvía.

NOCTURNO - Oliverio Girondo

Frescor de los vidrios al apoyar la frente en la ventana. Luces trasnochadas que al apagarse nos dejan todavía más solos. Telaraña que los alambres tejen sobre las azoteas. Trote hueco de los jamelgos que pasan y nos emocionan sin razón.

¿A qué nos hace recordar el aullido de los gatos en celo, y cuál será la intención de los papeles que se arrastran en los patios vacíos?

Hora en que los muebles viejos aprovechan para sacarse las mentiras, y en que las cañerías tienen gritos estrangulados, como si se asfixiaran dentro de las paredes.

A veces se piensa, al dar vuelta la llave de la electricidad, en el espanto que sentirán las sombras, y quisiéramos avisarles para que tuvieran tiempo de acurrucarse en los rincones. Y a veces las cruces de los postes telefónicos, sobre las azoteas, tienen algo de siniestro y uno quisiera rozarse a las paredes, como un gato o como un ladrón.

Noches en las que desearíamos que nos pasaran la mano por el lomo, y en las que súbitamente se comprende que no hay ternura comparable a la de acariciar algo que duerme.

¡Silencio! -grito afónico que nos mete en el oído-. ¡Cantar de las canillas mal cerradas! -único grillo que le conviene a la ciudad-.


Buenos Aires, noviembre, 1921

viernes, 30 de septiembre de 2011

CAFÉ-CONCIERTO - Oliverio Girondo

Las notas del pistón describen trayectorias de cohete, vacilan en el aire, se apagan antes de darse contra el suelo.

Salen unos ojos pantanosos, con mal olor, unos dientes podridos por el dulzor de las romanzas, unas piernas que hacen humear el escenario.

La mirada del público tiene más densidad y más calorías que cualquier otra, es una mirada corrosiva que atraviesa las mallas y apergamina la piel de las artistas.

Hay un grupo de marineros encandilados ante el faro que un "maquereau" tiene en el dedo meñique, una reunión de prostitutas con un relente a puerto, un inglés que fabrica niebla con sus pupilas y su pipa.

La camarera me trae, en una bandeja lunar, sus senos semi-desnudos... unos senos que me llevaría para calentarme los pies cuando me acueste.

El telón, al cerrarse, simula un telón entreabierto.



Brest, agosto, 1920

VEINTE POEMAS PARA SER LEÍDOS EN EL TRANVÍA - Oliverio Girondo

Pasando por ese epígrafe estomacal del poemario, la Carta Abierta a Evar Méndez a modo de prólogo, en la que Oliverio explica por qué los poemarios no debieran prologarse, y los veinte poemas en sí, este pequeño libro destinado a la distracción en un viaje largo, nos entrega una pequeña muestra de lo que sería más adelante todo el trabajo del autor. Sus "perros fracasados", sus gravitaciones, sus lágrimas vivas, todo el mundo poético de Oliverio Girondo se desarrolla a partir de esta obra. Y aunque naturalmente en este libro se presenta de manera tímida, ya se puede sentir ese lenguaje poético tan peculiar que luego desarrollaría con amplitud. Un trabajo en el que no estaría solo, que tendría como compañeros a Vallejo, y a tantos otros poetas de la mitad del siglo pasado.

Sobre la idea de publicar, sobre el destino de los poemas Girondo nos explica lo que muchos ya sabemos, que los escritores publican más de lo que deberían, y que hay una intención patética en la publicación de trabajos que probablemente no debieran ver la luz pública.

Lo he leído constantemente, casi hasta el hartazgo. De hecho, desde que comencé a plantearme el problema, miento, desde que comencé a escribir poemas, siempre me inquirí el hecho de querer publicar un libro; y más aún, qué probable destino deberían tener los trabajos personales.

Desde mis primeros poemas siempre he tenido la misma visión, algo que ciertamente me hace dudar, pues luego de tantos años, el hecho de conservar la misma idea me hace pensar que probablemente estoy equivocado. Para mí, un poema tiene un destino desde su primera palabra, el destinatario desde luego es la necesidad íntima, pero el destino debe ser: los demás. Es cierto que no se puede pensar en el destinatario como a un grupo en particular, es decir, un poema no debe ser ideado para que sea leído por ejemplo, por jóvenes, por eruditos, por sansimonianos, etcétera. Pensar en un grupo específico es un acto de demagogia, todos lo sabemos, pero aquí hay una contradicción: ¿Qué sucede entonces cuando un poema surge en la necesidad de expresar un sentimiento hacia una persona en particular? ¿no es éste un acto demagógico? ¿no es este poema un uso indebido del arte? Para mí no lo es, y no lo es porque el poema responde a la sincera necesidad personal, entonces ¿podríamos condenar al poeta que lanza su arte hacia digamos los deudos de la Camboya de Pol Pot? ¿son únicamente válidos los poemas abstractos, los que no tienen un destinatario en particular, o en su defecto, los que engloban a toda la humanidad? Yo tengo para mí que ni lo uno ni lo otro. En el arte, la demagogia no es más que no de los tantísimos elementos de la belleza. Es así o en todo caso tendríamos que iniciar una cruzada para la abolición de los géneros, que por cierto, esta última idea me gusta más. Habría que iniciar una campaña de anarquía artística. El arte, en cualquiera de sus manifestaciones, puede llevar válidamente un destinatario en particular, ya que, como dijo Borges: Lo que le sucede a un hombre, le sucede a todos.

Publicar, no implica necesariamente pensar en destinatarios, pero es ciertamente completar el círculo comunicativo. Quién publica solo espera que la obra salga del círculo interno y alcance su cualidad de expresión. Claro, lo incorrecto es pensar en el éxito. El éxito o el fracaso son los resultados de esta comunicación, mas no la finalidad de la comunicación. La expresión artística debe tener para mí dos requisitos: la necesidad interna de expresarse, y la belleza. La publicación es el fin de la expresión, porque cuando escribimos intentamos comunicarnos, y si en este intento de expresión pensamos en el destinatario está bien, lo que está mal es que pensemos en la fama durante el proceso de comunicación. Para mí, toda publicación es válida siempre y cuando nazca del sincero deseo de una urgencia interna. Un poema no existe hasta que es leído, es el lector el que le da sentido al poema, y el que finalmente puede encontrar o no la belleza.

Por eso me parece de cretinos decir: yo escribo para mí mismo; no, no escribes para ti mismo, escribes por una necesidad interna de expresarte, aunque ciertamente es una expresión distinta al lenguaje cotidiano, a la conversación. "El hombre se expresa para llegar a los demás, para salir del cautiverio de la soledad" dijo Vargas Llosa, y es cierto, pero en la expresión artística se debe apelar a la belleza para que alcance la categoría de arte. Y finalmente la belleza no está en razonamientos, no está en lexicografías, la belleza sucede, se siente o no se siente, y para que pueda sentirse es necesario que el interlocutor pueda entenderla.

En fin, me extendí, voy a subir los poemas que más me impresionaron de este poemario, porque una vez más, sentí la belleza y le di vida a estos poemas una vez que los leí, y espero que ustedes los resuciten, cada vez que los lean.